Cierro los ojos. Escucho de fondo
la canción Shine on you Crazy Diamond,
de Pink Floyd. Y me imagino discurriendo por una carretera recta, casi
infinita. Desplazándome por un atardecer sin límites. Inmersa en un maremágnum
de colores que juegan a hacerme llorar.
Trescientos sesenta grados de azules, violetas y morados. Alardeando todos de su inconcebible gama de matices. Variando en cada punto del espacio y en cada segundo de tiempo.
Ojos cristalinos. Corazón encogido. Garganta muda.
Y mente pletórica de
fascinación por vivir esta maravilla.
Por estar ahí y en
ese momento, en ese lugar, en este país.
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